miércoles, 8 de octubre de 2008

Ya han pasado tres meses...


Ya han pasado tres meses. Todos ellos con sus cuatro semanas. Cada una de ellas con sus 7 días... Así hasta formar todo un verano.

Te ha dado tiempo a dejarme, a pasar de mí, a tratar de explicarme tus porqués, a llamarme para ver cómo estaba o para yo que sé qué, a no dar señales de vida el día de mi cumpleaños, a seguir tu vida como si yo nunca hubiese sido parte ella, a volver al pueblo donde veraneo de botellona con tus amigos, a irte a navegar con una niña de menos en el barco, a quedar conmigo para despedirnos, a hablar conmigo una hora y darme un beso en el pelo mientras te abrazaba por última vez y a hacer tu vida de Erasmus.

A mí, sin embargo, sólo me había dado tiempo a llorarte. A llorarte en el autobus, en el trabajo, cenando con mis amigas, hablando con la psicóloga, acariciando a mi gatita, viendo la televisión, durmiendo y sin dormir, en la ducha, esperando tu llamada o que me hablaras en el mesenger, con los cojines del salón y mi almohada, abrazando al peluche que me regalaste...

Ahora ha pasado todo un trimestre. La vida ha vuelto a su rutina, pero la mía no se encuentra a sí misma porque para vivir sin ti tengo que reinventarme entera, y no quiero. Quiero ser la chica de antes, la que era feliz queriéndote y siendo correspondida. No quiero aceptar que la situación ha cambiado, y no sé si así tengo demasiado futuro. Y debería darme cierto miedo el no poder vivir sin ti, porque parece que no me queda otra, pero es que estos días he comprendido que puedo ser feliz con otras parcelas de mi vida, dejandote la tuya intacta. Puede que hasta que el tiempo me cure, aunque prefiero pensar que es hasta que vuelvas a mi lado. Porque te quiero. Te quiero. Te quiero.